El crecimiento demográfico de los paradores se hizo notorio en pocos años, aunque dicho despunte no se debió a la reproducción entre sí de los primeros en tocar tierra, ya asentados y que más o menos se conocían, sino a la locura colonizadora de dos ebrios ignotos a los cuales se les dio por fundar sus poblados el mismo día, a la misma hora y prácticamente en el mismo lugar, con diferencias ínfimas, producto del largo del brazo del ebrio número uno al que las mediciones le daban menos.
La pacífica vida en el Parador se vio súbitamente interrumpida. A media mañana se escucharon las primeras groserías. Las mujeres debieron tapar con miga de pan de cabra los oídos de sus niños. Luego, siguieron las toses, los gemidos y los eructos. Pasado el mediodía una calva desconocida fue visible acercándose por el Sendero de los Pies Sucios. A ésta le siguió un cuerpo humano completo. Por los subsiguientes eructos que continuaron cortando el aire puro, fue evidente que el intruso venía acompañado. Cuarenta y cinco minutos después, despuntó la segunda calva.
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Qué desperdicio...
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